La vivienda y las odiosas comparaciones
En Suecia, paraíso del Estado del Bienestar, ese Santo Grial que guía nuestros pasos, el veinte por ciento de la vivienda es de alquiler protegido. En un país donde el sueldo medio es de unos 2.500 euros, por un piso mediano, alquilado normalmente a una empresa municipal constituida a tal efecto, se pagan unos 600 euros. Leo ahora que en Cataluña, con su Ley Catalana de Vivienda, se plantean seguir el modelo sueco y alcanzar el veinte por ciento de viviendas en régimen de alquiler protegido. Actualmente se encuentran en el cinco por ciento, claramente insuficiente para las necesidades de un país desarrollado, con altos niveles de inmigración y una edad de abandono del hogar familiar similar a la media española, unos treinta años. Sin embargo, nadie podrá decir que no se está haciendo algo. El panorama que sucintamente trato de describirles, países desarrollados que, unos más que otros, se ponen a la tarea de empezar a solucionar el desmadre de la vivienda contrasta radicalmente con mi mirada a Canarias: ya saben, doblemente externa,… Con problemas, como pueden imaginar, parecidos o peores, en una isla como Lanzarote ni siquiera hay suelo para vivienda protegida, ni en alquiler ni para compra, y en el mejor de los escenarios, como dicen los pedantes, habrá que esperar unos tres años para que empiece a haber suelo disponible. Abundando en lo mismo, hasta una veintena de municipios canarios no prevén en su planeamiento destinar suelo a la vivienda protegida. Y el que quiera ver el grado de (in)cumplimiento del IV Plan de Vivienda que pinche aquí. Éstas son las cosas de las que deberían hablar los políticos. Pero, claro, ellos tienen el problema de su vivienda resuelto.













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