Las próximas elecciones

Los partidos políticos “con posibilidades” han puesto la maquinaria a toda marcha de cara a las elecciones de marzo. Unos con la tarea de ir colocando candidatos; otros, los nacionalistas, además se tienen que dedicar a ver cómo hacen para sumar y obtener una representación que pueda tener forma de grupo o minoría canaria en las Cortes. Los próximos meses serán de una agitación in crescendo y de no pocas sorpresas, aventuro. Otro día volveré sobre el asunto de las unificaciones nacionalistas y más concretamente sobre los diferentes escenarios en los que Coalición Canaria se ve atrapada. Hoy quiero escribir acerca de los partidos políticos “sin posibilidades” o por usar un eufemismo “con menos posibilidades”. 

Contrasta la febril actividad a la que me refiero en el primer párrafo con el absoluto mutismo de las fuerzas políticas de izquierda, nacionalista y no nacionalista pero todas minoritarias. No es ninguna sorpresa. Si ya es difícil evitar la terrible apisonadora de la bipolarización de la política, las elecciones generales no son precisamente el mejor de los terreros para la brega de opciones como Alternativa Popular Canaria- Alternativa Sí Se Puede, Alternativa Nacionalista Canaria, Unidad del Pueblo, etc. Además, deben pesar los pobres resultados de las autonómicas pasadas. Otros, por su estructura federal, tienen la obligación de presentarse a las elecciones, como Izquierda Unida Canaria o Los Verdes de Canarias, con lo que de costoso y desmotivador tiene el gastarse los escasos ahorrillos así como quemar al normalmente escaso personal en unas campañas agotadoras, sabiendo como se sabe que los resultados serán penosos. 

Ignoro qué se cuece en las respectivas dirigencias de las opciones antes mencionadas. Viendo los toros de la barrera, y desde la metrópolis, todo son conjeturas. Todo menos una cosa: no hay la más mínima posibilidad de hacer un papel digno en las elecciones generales, ni en solitario ni en alianza. Creo que esto último tiene poca discusión: las cifras cantan y los milagros no existen, como tampoco existen los mirlos blancos candidatos al Senado por tal o cual isla. Los cantos de sirena que seguramente oiremos en las próximas semanas no tienen otro desenlace que el de hacer encallar en otro fracaso. 

Dado este panorama, las opciones son múltiples pero no infinitas. Habrá quien propugne un boicot a las elecciones por ser “españolas, colonialistas, etc.”. Respetable, pero poco serio, a mi juicio: oculta las intenciones de quien, si tuviera alguna posibilidad, sí se presentaría. Los partidarios de esta opción además completan la jugada atribuyéndose el mérito de toda la abstención y, cuando ésta aumenta, lo venden como un triunfo propio por aquello de que “todo el mundo gana las elecciones, hasta los que no se presentan”. Habrá quien promueva una papeleta nula como forma de expresar el rechazo al sistema, al centralismo, etc. Poco útil también, a mi juicio. Ni siquiera cuando esta opción ha tenido cierto predicamento, como en alguna convocatoria en el País Vasco tras la ilegalización de Batasuna, su trascendencia ha ido más allá de un par de líneas en los medios al día siguiente, tras lo cual el resto de partidos políticos se han dedicado a hacer política, que es lo que toca. También habrá quien opte por presentarse aun sabiendo que las probabilidades de obtener algún rédito son inexistentes. Argumentan que es una forma de mantener a la militancia y al propio electorado movilizado y cohesionado. Sin embargo, no suelen incluir en el análisis los costos de tal esfuerzo voluntarista a nivel humano y económico que ya comentamos. Asimismo, cabe también que alguien pida el voto para otro partido, pero en el mapa político actual parece poco probable porque prácticamente equivaldría a hacerse un auténtico harakiri. Y, por último, también existe la posibilidad, muy usada, de emitir alguna declaración de principios en forma de comunicado para denunciar el actual estado de cosas, etc. y dando libertad de voto a la militancia propia -como si ésta estuviera presa hasta que la dirección no haya hablado- para darle un poco de prestancia al hecho de que los militantes, si votan, acabarán votando a quien les dé la gana.  

Éstas son todas las opciones que se me ocurren –aunque no he perdido mi capacidad de sorprenderme, al lector se le pueden ocurrir más- y, como ven, ninguna es buena. Al final todo se reduce a constatar lo pocos que somos. Quizás mejor haríamos en dedicar nuestras escasas energías a no fomentar nuestra propia división de tal forma que, en futuras ocasiones, sean otras las perspectivas; reflexionar sobre por qué las propuestas de la izquierda nacionalista reciben tan pocos apoyos. Es un esfuerzo ingente pero absolutamente necesario, que requiere altas dosis de autocrítica y realismo, abandonar el victimismo y el echar balones fuera de tantas otras ocasiones. Lo que está claro es que ahora toca prudencia. ¿Ustedes qué piensan?

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~ por Josemi en Viernes 28 septiembre 07.

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