Otro Womad

Tengo con el Womad una especie de relación amor-odio que no se me quita con el paso de los años sino que, más bien, tiende a acentuarse. Me explico: guardo un recuerdo imborrable de la primera edición, cuando uno era lo que vulgarmente se suele llamar joven. El hecho de que se celebrara en la playa de Las Canteras y que las noches fueran maravillosas, estrelladas, con el viejo Teide haciendo de vigía en la distancia,… no hace sino añadir intensidad a mis recuerdos. Nunca podré olvidar el concierto de The Oyster Band. Cuando comenzó a celebrarse en el Parque de Santa Catalina, el evento perdió en lírica pero ganó en dinamismo y ese cosmopolitismo cultural que, aún hoy, en ningún lugar de Canarias se vive como en Las Palmas. La celebración étnica se hizo urbana y por tanto ineludible. El Womad venía a ser un trasunto de la nueva ciudadanía global que, cierta o no, anunciaba el nuevo siglo. La tan manida tricontinentalidad de Canarias se hacía real y parafraseando a Padorno, el nómada no sólo salía sino que todos lo éramos un poco. Dos cosas sin embargo siempre me han repelido de lo que para otros no es sino una fiesta, otra más. En primer lugar, el desdén con que muchos autóctonos trataron sistemáticamente a todo músico canario, condenados la mayoría de las veces a los peores horarios y escenarios. Cuando enjambres de culturetas y snobs ensalzaban la maestría de un instrumentista de sitar pakistaní, del cual nadie había oído hablar antes ni después, la genialidad de José Antonio Ramos a nuestro timple pasaba por retro, cosas de nuestros abuelos, mucho menos importantes que las cosas de los abuelos de Pakistán. En Canarias siempre hemos sido fantásticos para menospreciar lo nuestro. Otra cosa: ese internacionalismo pastiche por el cual gente absolutamente “normal” el resto del año, se disfrazaba de no sé qué cosa los días del Womad y la semana siguiente. Poco a poco la pedantería se aplacaba y la gran mayoría de la gente volvía a desentenderse absolutamente de los problemas de tantos pueblos en el mundo, como es “normal”, pero durante aquellos días, en función de algún extraño sortilegio, todo el personal se volvía de una manera un tanto curiosa “globalmente solidario”. Como todos los sortilegios, su efecto era limitado y, visto ahora con distancia, puede ser que no fuera sino que a los canarios nos gusta la fiesta, la parranda y cualquier excusa es buena, pero lo que de verdad nos pone es el carnaval: ser lo que no somos.  

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~ por Josemi en Sábado 24 noviembre 07.

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